LA DEFENSA DE LA IDENTIDAD
Las Misericordias tienen, tanto si se considera su origen legendario como la historia de la tradición,
o bien finalmente los resultados de la moderna investigación histórico-científica, un elemento recurrente
y constante. Es su naturaleza de dimensión popular.
Cualquiera sea la lectura que se le dé, desde los comienzos las Misericordias se mostraron propensas
a sumar grandes cantidades de ciudadanos deseosos de dar una actuación concreta a los preceptos de
la Caridad cristiana.
La convicción de "actuar por cuenta de Dios", la naturaleza misma de las
obras que desde siempre requieren un esfuerzo colectivo, hizo de las Misericordias ya desde entonces- un
lugar donde el ciudadano, a menudo excluido de los"ambientes de importancia",
podía hallar un papel positivo en la vida pública de su comunidad. No es aún un papel
político, pero es ciertamente un papel activo.
Esta característica de las Misericordias las convierte en un estrado civil además de moral.
No en vano en la Historia de la Tradición se narra que la primera Misericordia tuvo origen en la
Sociedad de la Fe que, de hecho, unía la defensa de los dogmas religiosos con las simpatías
políticas por la autonomía comunal.
Y no es una casualidad que, según el origen legendario, comenzó por una iniciativa nacida en los
estratos más humildes de la sociedad de aquel entonces.
Finalmente, tampoco es por azar que las más modernas investigaciones histórico-científicas identifican
las raíces de las Misericordias en las primeras Societas romanas que tenían inspiración religiosa pero
una manifestación eminentemente civil.
Este código genético de las Misericordias, que las recorre a lo largo de los siglos, hace de ellas
un elemento de la sociedad civil con el cual los diversos ordenamientos políticos que se sucedieron
en la evolución de la historia se ven obligados, tarde o temprano, a confrontarse.
Ya en los documentos más antiguos asoma la voluntad del poder político de entonces de
homologar
y controlar las actividades de nuestras asociaciones.
El caso de la Misericordia de Arezzo (1374), y el de la forzada unificación de la Misericordia con
la Compañía del Bigallo en Florencia (1425) muestran que desde los comienzos la presencia de
nuestras organizaciones, libres por ser voluntarias, era considerada como un peligro por quien
manejaba los hilos poder público..
Algunas veces, con mayor clarividencia (o astucia) se intentó
limitar o condicionar su desarrollo,
como en el caso de la reconstitución de la Misericordia florentina, a la que no es extraña la mano
de los Medici.
Remontando el curso de la historia hacia tiempos más recientes, la mayor cantidad de documentos
disponible confirma y echa nueva luz sobre las dimensiones y la constancia de esta
política de control. .
Hacia fines del siglo XVIII, nuestras asociaciones voluntarias son suprimidas, intentando
reemplazarlas con asociaciones de estado. El intento muere con el morir del siglo,
pero después de pocas décadas, con la Unidad de Italia, es propuesta nuevamente, por diversas vías,
con las legislaciones sobre las Manos Muertas y con la Ley Crispi.
Durante el llamado Ventennio Fascista existió un intento del estado de hacer confluir
nuestras asociaciones en la Cruz Roja (así como la República florentina había hecho a
su tiempo con el Bigallo).
Más recientemente, hasta en la Italia republicana, la legislación nacional primero y la regional
después varias veces pusieron límites y condiciones al desarrollo del voluntariado en general,
y de nuestras asociaciones en particular, siguiendo una lógica idéntica a la medicea en los siglos pasados.
Intentos reiterados, llevados a cabo indistintamente por regímenes y ordenamientos políticos diversos
en el curso de los siglos, cuyo único objetivo es el de un poner un límite a la exuberante
naturaleza prepolítica de nuestras asociaciones.
Este aspecto prepolítico es, junto a la inspiración cristiana, un trazo inconfundible de las
Misericordias, que permaneció sin alteraciones a lo largo del tiempo y que encuentra hoy en la
estructura Confederal su conclusión natural.